El no la miró. Ella se dio cuenta que trataba de
esquivarlo. Ululaba el viento, se
avecinaba tormenta. El comenzó a fregar
los platos. Frotaba con rabia como tratando de borrarle el esmalte a la
porcelana. El silencio era insoportable.
Ella mientras barría la cocina, haciendo
pequeño montoncitos como siempre. El fregaba, ella barría y el viento aporreaba
los cristales.
El
había comenzado a secar los platos. Ella a recoger los montones. Ninguno sabía cómo
romper el silencio sin que se pusieran de manifiesto los agravios de cada uno. En realidad no les apetecía discutir. Sabían
que cualquier comentario inapropiado podía
estallar en una violenta discusión. Sólo le quedaban dos platos por secar,
suspiró, tendría después que hablar. Ella vio con disgusto que le quedaba sólo
un motoncito por recoger.
Los dos sabían que abandonar la
cocina sin hablar era reconocer la culpabilidad y hablar suponía dejar abierta
la puerta a una pesada discursión. Ella
pensó que ojalá sonará el teléfono. El restregaba con el trapo una y otra vez el
mismo plato tratando de lograr que ella
acabara primero. Ella trataba con el recogedor de dejar un trozo del montoncito fuera para
tener que hacer otra pasada hasta que él acabara.
El reloj de la sala marcó las
diez. El comenzó a frotar la pila con el estropajo. Ella al verlo, comenzó
barrer bajo los muebles.
El primero que hablará sería el
que daría su brazo a torcer. Pero desde luego la situación era insostenible. Él al
ver que la pila brillaba tanto que era difícilmente explicable otra pasada, comenzó a limpiar con un paño húmedo los azulejos cercanos a la pila. Ella cogió un
paño y empezó a frotar las patas de los muebles de la cocina.
Silencio. El reloj marcó las once.
Y ella que había terminado con las patas, puertas de armario, encimera y
tarritos de especias. El había fregado azulejos y hasta las tuberías interiores
del fregadero. El miró de reojo la
cocina. Ella pensó que nunca había estado
la cocina tan limpia.
El la miró y no pudo
más. Se rió:
-
La próxima vez que vayamos a pelear podemos ordenar el trastero – y comenzó a reír.
Ella también comenzó a reír. El viento se había detenido
parecía que esa noche no habría tormenta.