viernes, 24 de agosto de 2012

Farolas, cenicientas y rostros


No blasfemo al decir que nunca he sido un ejemplo.

Que soy  el que siempre derrocha angustia.

Que la vejez no me empeora.

 El espejo y yo hace años hicimos un  alto el fuego.

 Soy un rostro desfigurado que nadie quiere ver.

 Nunca muestro mis dientes amarillos en el Metro.  

Al principio los niños me miran absortos. Siempre son  los primeros que se fijan en mí.

 Al instante  sus  labios hacen una extraña mueca de pavor y asombro. No pueden dejar de mirar.  Posteriormente el  rictus del rostro. Luego las lagrimas y buscar a tientas la mano de su madre.  Las madres no se atreven a pedirme disculpas. Les  dan la mano. Después sin dejar de mirarme  empiezan a andar buscando otro sitio del andén. 

 Que tiene mi rostro que siempre les hace llorar. 

 Quizá el verlo carcomido por verrugas,  acompañado de unos  ojerosos ojos violáceos e hinchados,  un rostro sin líneas.  Un conjunto de mentón desdibujado por las llamas y parches de piel, cejas ausentes y pelo escaso.

 Ahora desde el trato con el espejo  ni siquiera lo sé.

 Hace años que juego a olvidar mi rostro.  

Soy un feo en un reino de guapos normales aunque  nadie  lo sepa.

Las bromas hace años que no me afectan incluso a veces me río cuando me preguntan por mi “tío Frankestein”.

 A veces juego a disfrazarme, juego a  ocultarme en invierno tras una bufanda, un sombrero y un abrigo para que nadie sospeche quien soy.

 La única mujer que me sonríe es la vendedora de boletos del sorteo de los ciegos en la puerta del Cine  “Cid Campeador”.

Y es la noche oscura con farolas destrozada a pedradas, en las esquinas de amor de veinte minutos por dos billetes, donde el amor tiene un precio yo puedo pagar.

Porque  el sexo, el amor y la ternura es un privilegio gratuito de los guapos que los monstruos nunca podremos pagar.

Y  ella ese rostro de cenicienta de Europa del este,  que me acarició las cicatrices y que me hace silbar  la melodía del monstruo que soñó que una rubia le quiso abrazar porque su fealdad no podía combatir con unos míseros veinte euros en esa noche de farolas muertas a pedradas. 

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