No
blasfemo al decir que nunca he sido un ejemplo.
Que soy
el que siempre derrocha angustia.
Que la
vejez no me empeora.
El espejo y yo hace años hicimos un alto el fuego.
Soy un rostro desfigurado que nadie quiere ver.
Nunca muestro mis dientes amarillos en el Metro.
Al
principio los niños me miran absortos. Siempre son los primeros que se fijan en mí.
Al instante
sus labios hacen una extraña
mueca de pavor y asombro. No pueden dejar de mirar. Posteriormente el rictus del rostro. Luego las lagrimas y buscar
a tientas la mano de su madre. Las
madres no se atreven a pedirme disculpas. Les
dan la mano. Después sin dejar de mirarme empiezan a andar buscando otro sitio del andén.
Que tiene mi rostro que siempre les hace
llorar.
Quizá el verlo carcomido por verrugas, acompañado de unos ojerosos ojos violáceos e hinchados, un rostro sin líneas. Un conjunto de mentón desdibujado por las
llamas y parches de piel, cejas ausentes y pelo escaso.
Ahora desde el trato con el espejo ni siquiera lo sé.
Hace años que juego a olvidar mi rostro.
Soy un
feo en un reino de guapos normales aunque nadie
lo sepa.
Las
bromas hace años que no me afectan incluso a veces me río cuando me preguntan
por mi “tío Frankestein”.
A veces juego a disfrazarme, juego a ocultarme en invierno tras una bufanda, un
sombrero y un abrigo para que nadie sospeche quien soy.
La única mujer que me sonríe es la vendedora
de boletos del sorteo de los ciegos en la puerta del Cine “Cid Campeador”.
Y es la
noche oscura con farolas destrozada a pedradas, en las esquinas de amor de
veinte minutos por dos billetes, donde el amor tiene un precio yo puedo pagar.
Porque el sexo, el amor y la ternura es un privilegio
gratuito de los guapos que los monstruos nunca podremos pagar.
Y ella ese rostro de cenicienta de Europa del
este, que me acarició las cicatrices y
que me hace silbar la melodía del
monstruo que soñó que una rubia le quiso abrazar porque su fealdad no podía
combatir con unos míseros veinte euros en esa noche de farolas muertas a
pedradas.
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