jueves, 30 de agosto de 2012

LaCocina


El  no la miró. Ella se dio cuenta que trataba de esquivarlo.  Ululaba el viento, se avecinaba tormenta. El comenzó  a fregar los platos. Frotaba con rabia como tratando de borrarle el esmalte a la porcelana.  El silencio era insoportable.
Ella mientras barría la cocina, haciendo pequeño montoncitos como siempre.   El fregaba, ella barría y el viento aporreaba los cristales.
  El había comenzado a secar los platos. Ella a recoger los montones. Ninguno sabía cómo romper el silencio sin que se pusieran de manifiesto los agravios de cada uno.  En realidad no les apetecía discutir. Sabían que cualquier comentario inapropiado  podía estallar en una violenta  discusión.  Sólo le quedaban dos platos por secar, suspiró, tendría después que hablar. Ella vio con disgusto que le quedaba sólo un motoncito por recoger.
Los dos sabían que abandonar la cocina sin hablar era reconocer la culpabilidad y hablar suponía dejar abierta la puerta a una pesada discursión.  Ella pensó que ojalá sonará el teléfono. El  restregaba con el trapo una y otra vez el mismo plato tratando de lograr  que ella acabara primero. Ella trataba con el recogedor  de dejar un trozo del montoncito fuera para tener que hacer otra pasada hasta que él acabara.
El reloj de la sala marcó las diez. El comenzó a frotar la pila con el estropajo. Ella al verlo, comenzó barrer  bajo los muebles.
                El primero que hablará sería el que daría su brazo a torcer. Pero desde luego la situación era insostenible.   Él al ver que la pila brillaba tanto que era difícilmente explicable otra pasada,  comenzó a limpiar con un paño húmedo  los azulejos cercanos a la pila. Ella cogió un paño y empezó a frotar las patas de los muebles de la cocina.
Silencio. El reloj marcó las once. Y ella que había terminado con las patas, puertas de armario, encimera y tarritos de especias. El había fregado azulejos y hasta las tuberías interiores del  fregadero. El miró de reojo la cocina. Ella pensó que nunca  había estado la cocina tan limpia.
El  la miró y no pudo más.  Se rió:  
-          La próxima vez que vayamos a pelear  podemos ordenar el trastero –  y  comenzó a reír.
Ella también comenzó a reír. El viento se había detenido parecía que esa noche no habría tormenta.

viernes, 24 de agosto de 2012

Farolas, cenicientas y rostros


No blasfemo al decir que nunca he sido un ejemplo.

Que soy  el que siempre derrocha angustia.

Que la vejez no me empeora.

 El espejo y yo hace años hicimos un  alto el fuego.

 Soy un rostro desfigurado que nadie quiere ver.

 Nunca muestro mis dientes amarillos en el Metro.  

Al principio los niños me miran absortos. Siempre son  los primeros que se fijan en mí.

 Al instante  sus  labios hacen una extraña mueca de pavor y asombro. No pueden dejar de mirar.  Posteriormente el  rictus del rostro. Luego las lagrimas y buscar a tientas la mano de su madre.  Las madres no se atreven a pedirme disculpas. Les  dan la mano. Después sin dejar de mirarme  empiezan a andar buscando otro sitio del andén. 

 Que tiene mi rostro que siempre les hace llorar. 

 Quizá el verlo carcomido por verrugas,  acompañado de unos  ojerosos ojos violáceos e hinchados,  un rostro sin líneas.  Un conjunto de mentón desdibujado por las llamas y parches de piel, cejas ausentes y pelo escaso.

 Ahora desde el trato con el espejo  ni siquiera lo sé.

 Hace años que juego a olvidar mi rostro.  

Soy un feo en un reino de guapos normales aunque  nadie  lo sepa.

Las bromas hace años que no me afectan incluso a veces me río cuando me preguntan por mi “tío Frankestein”.

 A veces juego a disfrazarme, juego a  ocultarme en invierno tras una bufanda, un sombrero y un abrigo para que nadie sospeche quien soy.

 La única mujer que me sonríe es la vendedora de boletos del sorteo de los ciegos en la puerta del Cine  “Cid Campeador”.

Y es la noche oscura con farolas destrozada a pedradas, en las esquinas de amor de veinte minutos por dos billetes, donde el amor tiene un precio yo puedo pagar.

Porque  el sexo, el amor y la ternura es un privilegio gratuito de los guapos que los monstruos nunca podremos pagar.

Y  ella ese rostro de cenicienta de Europa del este,  que me acarició las cicatrices y que me hace silbar  la melodía del monstruo que soñó que una rubia le quiso abrazar porque su fealdad no podía combatir con unos míseros veinte euros en esa noche de farolas muertas a pedradas.