Fue dos semanas antes
de navidad, o quizá eso recuerdo yo.
Recuerdo la calle vacía, y el silencio. Sólo pisada tras pisada. Nunca, hasta ese día me había dado cuenta de
que estaba sólo. Sólo. Deambulaba sin rumbo.
Nadie me esperaba. Daba igual donde andará, no me importaba el destino. Quizá era lo que me quedaba una calle de coches
aparcados, ventanas cerradas, balcones enrejados, farolas apagadas. Todo
previsible, aburrido, vacio, rutinario.
Decidí bajar al metro. En la primera
estación, sin rumbo definido. Solo por dejar las calles vacías, ver el murmullo de la gente, ver como un lugar aséptico, donde un tren que parece no
conducir nadie, se detiene y abre sus puertas, y riadas de personas entran y
salen sin intercambiar un saludo. Quizás,
algún “lo siento”, alguna mirada furtiva al reloj, alguna carrera. Entre en el vagón, ni siquiera recuerdo la
linea, había algunos asientos vacios, un periódico gratuito sobre uno de los
asientos abandonados..
Entró en el vagón uno de esos cantantes
callejeros. No se porque me fije en sus manos amarillentas del tabaco, sus uñas negras, en un pelo sucio recogido en una coleta, en
su ropa remendada, parecía no tenar prisa, se apoyó en la puerta del vagón cuando se
cerró. El tren comenzó a moverse. Miró de reojo el vagón. Y entonces empezó
a cantar, una canción de Serrat. La canción decía: “... de vez en cuando la
vida te da un beso en la boca y a colores se despliega como un atlas...”. le miré por un segundo creí que estaba
cantando para mi. Nunca me había besado la vida en la boca pero quizás ocurriera.
No se porque por un segundo no me sentí sólo.
Por instinto, mire a la mujer que tenía
sentada enfrente. Está comenzó a sonreír, y, poco a poco, esa sonrisa se fue
transformando en una carcajada contagiosa. Los del vagón, se miraron sorprendidos
unos a otros. Al principio; serios y con cara de asombro. Después sonrientes,
observando como la mujer intentaba frenar sus carcajadas por todos los medios
posibles pero eso; sólo provocaba mayor hilaridad. Un joven sentado al lado de
ella, no pudo más y comenzó a reír también. Lo que contagió inmediatamente a la
chiquilla que estaba al lado de la puerta. En fin, en un abrir y cerrar de
ojos, todo el vagón estaba sumido en carcajadas. Todos se reían, sin saber bien
porqué. Yo también empecé a reir. La risa se había ido contagiando de unos a
otros, hasta formar ese frenesí final en que todos lloraban de risa y eran
incapaces de dejar de reír. Porque cuando se miraban les entraba más la risa.
Ninguno de los del vagón fue capaz de
bajarse en su parada por el ataque de risa múltiple. Y más cuando veían las
reacciones de los que entraban en el vagón, al verlos a todos muertos de risa.
En fin, no recuerdo como acabo aquello. Lo
que sé es que de vez en cuando la vida te
da un beso en la boca como anuncio el músico callejero de coleta gris.



