lunes, 30 de septiembre de 2013




Fue dos semanas antes de navidad, o quizá  eso recuerdo yo. Recuerdo la calle vacía, y el silencio. Sólo pisada tras pisada.  Nunca, hasta ese día me había dado cuenta de que estaba  sólo. Sólo. Deambulaba sin rumbo. Nadie me esperaba. Daba igual donde andará, no me importaba el destino.  Quizá era lo que me quedaba una calle de coches aparcados, ventanas cerradas, balcones enrejados, farolas apagadas. Todo previsible, aburrido, vacio, rutinario.
 
 
 
Decidí bajar al metro. En la primera estación, sin rumbo definido.  Solo por dejar las calles vacías, ver el murmullo de la gente, ver como  un lugar aséptico, donde un tren que parece no conducir nadie, se detiene y abre sus puertas, y riadas de personas entran y salen sin intercambiar un saludo.  Quizás, algún “lo siento”, alguna mirada furtiva al reloj,  alguna carrera.  Entre en el vagón, ni siquiera recuerdo la linea, había algunos asientos vacios, un periódico gratuito sobre uno de los asientos abandonados..

 

      Entró en el vagón uno de esos cantantes callejeros. No se porque me fije en sus manos amarillentas del tabaco, sus uñas negras, en un pelo sucio recogido en una coleta, en su ropa remendada, parecía no tenar prisa, se apoyó en la puerta del vagón cuando se cerró. El tren comenzó a moverse. Miró de reojo el vagón.  Y entonces   empezó a cantar, una canción de Serrat. La canción decía: “... de vez en cuando la vida te da un beso en la boca y a colores se despliega como un atlas...”.  le miré por un segundo creí que estaba cantando para mi. Nunca me había besado la vida en la boca pero quizás ocurriera. No se porque por un segundo no me sentí sólo.
 
 


      Por instinto, mire a la mujer que tenía sentada enfrente. Está comenzó a sonreír, y, poco a poco, esa sonrisa se fue transformando en una carcajada contagiosa. Los del vagón, se miraron sorprendidos unos a otros. Al principio; serios y con cara de asombro. Después sonrientes, observando como la mujer intentaba frenar sus carcajadas por todos los medios posibles pero eso; sólo provocaba mayor hilaridad. Un joven sentado al lado de ella, no pudo más y comenzó a reír también. Lo que contagió inmediatamente a la chiquilla que estaba al lado de la puerta. En fin, en un abrir y cerrar de ojos, todo el vagón estaba sumido en carcajadas. Todos se reían, sin saber bien porqué. Yo también empecé a reir. La risa se había ido contagiando de unos a otros, hasta formar ese frenesí final en que todos lloraban de risa y eran incapaces de dejar de reír. Porque cuando se miraban les entraba más la risa.

 Era asombroso, ver a personas tan diferentes reírse juntos: a viejos y jóvenes, parados y pensionistas, estudiantes y divorciados, solteros y casados. Pero el hecho, era que veinte personas que no se conocían de nada, que jamás habían hablado entre ellos, se reían juntos
 
 

 El metro se detuvo y  se abrieron las puertas. Esto provocó que bruscamente se detuvieran las carcajadas y todos se quedaran mirando. Por las puertas, entraron una joven pareja; que al ver a todo el mundo mirándoles, se detuvieron. Esto provocó, otra vez, las carcajadas. La pareja se miraba sorprendida, preguntándose porque los del vagón se reían. Esto provocaba mayor hilaridad en los del vagón, que se doblaban de risa ante el asombro y la estupefacción de la joven pareja. Los jóvenes, poco a poco, transformaron ese primer gesto de asombro en un gesto de miedo e incredulidad. Lo que provocó que las carcajadas fueran, aún si cabe, más sonoras. La pareja les miraba a los del vagón, como si estuvieran locos, incluso hicieron el ademán de buscar una cámara oculta que explicase la actitud de sus compañeros de vagón.  Al final, se bajaron en la siguiente parada huyendo de ese grupo de locos del vagón.
 
 
 
 
      Ninguno de los del vagón fue capaz de bajarse en su parada por el ataque de risa múltiple. Y más cuando veían las reacciones de los que entraban en el vagón, al verlos a todos muertos de risa.
 
      En fin, no recuerdo como acabo aquello. Lo que sé es que de vez en cuando la vida te da un beso en la boca como anuncio el músico callejero de coleta gris.               
 
 
 
 
 

jueves, 30 de agosto de 2012

LaCocina


El  no la miró. Ella se dio cuenta que trataba de esquivarlo.  Ululaba el viento, se avecinaba tormenta. El comenzó  a fregar los platos. Frotaba con rabia como tratando de borrarle el esmalte a la porcelana.  El silencio era insoportable.
Ella mientras barría la cocina, haciendo pequeño montoncitos como siempre.   El fregaba, ella barría y el viento aporreaba los cristales.
  El había comenzado a secar los platos. Ella a recoger los montones. Ninguno sabía cómo romper el silencio sin que se pusieran de manifiesto los agravios de cada uno.  En realidad no les apetecía discutir. Sabían que cualquier comentario inapropiado  podía estallar en una violenta  discusión.  Sólo le quedaban dos platos por secar, suspiró, tendría después que hablar. Ella vio con disgusto que le quedaba sólo un motoncito por recoger.
Los dos sabían que abandonar la cocina sin hablar era reconocer la culpabilidad y hablar suponía dejar abierta la puerta a una pesada discursión.  Ella pensó que ojalá sonará el teléfono. El  restregaba con el trapo una y otra vez el mismo plato tratando de lograr  que ella acabara primero. Ella trataba con el recogedor  de dejar un trozo del montoncito fuera para tener que hacer otra pasada hasta que él acabara.
El reloj de la sala marcó las diez. El comenzó a frotar la pila con el estropajo. Ella al verlo, comenzó barrer  bajo los muebles.
                El primero que hablará sería el que daría su brazo a torcer. Pero desde luego la situación era insostenible.   Él al ver que la pila brillaba tanto que era difícilmente explicable otra pasada,  comenzó a limpiar con un paño húmedo  los azulejos cercanos a la pila. Ella cogió un paño y empezó a frotar las patas de los muebles de la cocina.
Silencio. El reloj marcó las once. Y ella que había terminado con las patas, puertas de armario, encimera y tarritos de especias. El había fregado azulejos y hasta las tuberías interiores del  fregadero. El miró de reojo la cocina. Ella pensó que nunca  había estado la cocina tan limpia.
El  la miró y no pudo más.  Se rió:  
-          La próxima vez que vayamos a pelear  podemos ordenar el trastero –  y  comenzó a reír.
Ella también comenzó a reír. El viento se había detenido parecía que esa noche no habría tormenta.

viernes, 24 de agosto de 2012

Farolas, cenicientas y rostros


No blasfemo al decir que nunca he sido un ejemplo.

Que soy  el que siempre derrocha angustia.

Que la vejez no me empeora.

 El espejo y yo hace años hicimos un  alto el fuego.

 Soy un rostro desfigurado que nadie quiere ver.

 Nunca muestro mis dientes amarillos en el Metro.  

Al principio los niños me miran absortos. Siempre son  los primeros que se fijan en mí.

 Al instante  sus  labios hacen una extraña mueca de pavor y asombro. No pueden dejar de mirar.  Posteriormente el  rictus del rostro. Luego las lagrimas y buscar a tientas la mano de su madre.  Las madres no se atreven a pedirme disculpas. Les  dan la mano. Después sin dejar de mirarme  empiezan a andar buscando otro sitio del andén. 

 Que tiene mi rostro que siempre les hace llorar. 

 Quizá el verlo carcomido por verrugas,  acompañado de unos  ojerosos ojos violáceos e hinchados,  un rostro sin líneas.  Un conjunto de mentón desdibujado por las llamas y parches de piel, cejas ausentes y pelo escaso.

 Ahora desde el trato con el espejo  ni siquiera lo sé.

 Hace años que juego a olvidar mi rostro.  

Soy un feo en un reino de guapos normales aunque  nadie  lo sepa.

Las bromas hace años que no me afectan incluso a veces me río cuando me preguntan por mi “tío Frankestein”.

 A veces juego a disfrazarme, juego a  ocultarme en invierno tras una bufanda, un sombrero y un abrigo para que nadie sospeche quien soy.

 La única mujer que me sonríe es la vendedora de boletos del sorteo de los ciegos en la puerta del Cine  “Cid Campeador”.

Y es la noche oscura con farolas destrozada a pedradas, en las esquinas de amor de veinte minutos por dos billetes, donde el amor tiene un precio yo puedo pagar.

Porque  el sexo, el amor y la ternura es un privilegio gratuito de los guapos que los monstruos nunca podremos pagar.

Y  ella ese rostro de cenicienta de Europa del este,  que me acarició las cicatrices y que me hace silbar  la melodía del monstruo que soñó que una rubia le quiso abrazar porque su fealdad no podía combatir con unos míseros veinte euros en esa noche de farolas muertas a pedradas. 

miércoles, 17 de septiembre de 2008

¿ Me quieres?


Cuando se trata de problemas del corazón todos son problemas como el álgebra, Nunca me preocupé demasiado, nos queríamos, nos besábamos, compartíamos café, niños y una casa con vistas al mar. Viajes al continente a ver a sus padres, románticas vacaciones y una saneada cuenta corriente.

- ¿Me quieres?- la pregunté mientras jugaba con el mando.

- Pues claro-  Me contestó poniendo la cabeza sobre mi hombro.  Fue como un calambre. Ocurrió lo que me llevaba sucediendo una semana; no la creía. Todas sus palabras sonaban vacías, como si fueran formalidades que contestas porque sabes correctas. "Quiero a mi mujer", "no soy racista", "nunca he soñado con acostarme con otra".... - claro que te quiero, cariño- no es que me importase en exceso que me quisiera o no. Después de tanto años las cosas cuando menos las hables mejor van.   Ella quería sentirse una triunfadora social,   un matrimonio normal, unos hijos guapos y listos de colegio privado, un marido con posibles que la pagué las facturas,  que no la provoque sobresaltos y con el compartir cotilleos sociales. No me quiere a mi sino aun icono social de felicidad- ¿En que piensas?

- Nada, en un informe que tengo que entregar mañana- Nadie espera cuando te preguntan eso que contestes la verdad. Sería muy brusco, yo también miento. Digo palabras vacías, no está bien decir a una esposa veinte años después que crees que no te quiere. Que todo ha sido una convención social. Que nos enseñaron que nos daría la felicidad sino hacíamos demasiadas preguntas.- Estoy cansado, ha sido un día muy duro. ¿Qué has hecho hoy?- Tenía que desviar el tema de conservación, me daba igual. Ni siquiera me creo capaz de escucharla. Habrá estado en una tienda, habrá jugado al golf con su amiga X, y por la tarde habrá ido a buscar a Maite y Asier al colegio o no se que leches…..
- ……….. y cuando llegué ni siquiera le había dado tiempo a planchar tus camisas, desde luego el servicio cada vez esta peor……- y dale. Siempre, dando vueltas sobre lo mismo. Por eso me gusta hablar de fútbol, de cine, o de cualquier cosa que no me afecte. Me gusta lo convencional, lo intrascendente, no me gusta que la gente se confiese, nuca tuve capacidad de concentración-….. sabes que Marían y Alberto se van a comprar ese apartamento que te conté…-  Es triste cuando adviertes que no te interesa la vida de tu mujer. Podría decirme que se va a fugar con su profesor de golf, que tiene una enfermedad terminal, y no creo que me interesará más allá de los primeros tres minutos. No me interesa, la miró y la siento vacía..-… ¿Me estas escuchando?- Pues claro cariño la cogí la mano, y acaricie sus dedos. Siempre se le ha marcado mucho la vena, especialmente la que tiene el anillo.Siento sus dedos largos.  Tiene unas manos suaves pero fuertes. Son como ella siempre capaces de hacer lo que se propone. Esa firmeza, esa seguridad, ese saber siempre que es lo correcto. Nunca duda.  La palma de su mano es un valle, quizá un poco más profundo de lo normal, pero nunca la he visto sudar o temblar. Ni siquiera nunca he sentido que tuviera las manos fría.  Quizá no me quiera, y a mi no me importe lo que hace. Quizá la sienta vacía, pero nuca podría separame de ella, es como un barandilla en un abismo, del que no me quiero aventurar.- Estas preciosa.- la dije mientras la besaba la mejilla. 

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LA LLUVIA SIN ALMA






Tierra roja sobre féretro gris
Nubes negras del ocaso
Llantos, lluvias y silencio
Palas lanzando arena
Sobre lo que polvo será.


Colillas junto a las tumbas

Enfermedades que mueren
Con la muerte

Inertes fotografias de niños  
en las platidas
junto a flores secas.
 

Ella de negro,
Gafas de sol


Bajo la lluvia
Paraguas negros
Despidiendo vida


Nadie grita
Nadie ríe
Nadie comprende la vida

Un perro ladra,
Los pasos se alejan


Futuras flores secas,
una gaviota aletea
sobre el feretro blanco
y picotea.

Ayer también murió una niña

en el cementerio

de los niños sin vida